El panorama político de la última década, marcado por el ascenso de figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei, ha desbaratado las explicaciones tradicionales sobre el comportamiento electoral. La paradoja del voto empobrecido por candidatos que defienden políticas económicas que los perjudican ha llevado a una redefinición del análisis político. El sociólogo brasileño Jessé Souza propone una tesis disruptiva: la motivación última del comportamiento humano no es la economía, sino la moral. En su obra «El pobre de derecha», Souza argumenta que la búsqueda de dignidad, autoestima y reconocimiento social es la fuerza más elemental, superando cualquier necesidad material. La extrema derecha ha logrado capitalizar esta «herida moral», apalancando el resentimiento de las masas humilladas y convirtiéndolo en una poderosa arma política.
La Humillación como Materia Prima Política: El Síndrome del Joker
La teoría de Souza se articula en torno a la humillación cotidiana y objetiva. Para el «pobre de derecha», la experiencia de ser despreciado y vivir con salarios precarios es una herida moral más profunda que la privación económica. Para ilustrarlo, Souza introduce el concepto del «Síndrome del Joker», inspirado en el personaje de la película de 2019. El Joker no es un individuo patológico, sino el arquetipo del perdedor del neoliberalismo: un sujeto pobre, marginado y constantemente humillado por la sociedad. Su rabia, producto de la humillación crónica y la soledad, desemboca en una «rebelión ciega» y desorganizada, sin objetivos definidos.
Este comportamiento, aparentemente irracional, tiene una explicación psicológica. La falacia de la meritocracia, paradójicamente, es más fuerte entre los pobres, quienes la adoptan como una vía hacia la dignidad. Sin embargo, al no lograr el éxito, esta creencia les provoca una «profunda herida narcisista». Para evitar el dolor de la autoculpación, la ira se desvía inevitablemente hacia los más frágiles de la sociedad: migrantes, minorías o beneficiarios de la asistencia estatal. Este fenómeno, que Souza define como la «guerra de pobres contra pobres», desvía la indignación de sus causas reales (el sistema financiero que los despoja) y la dirige horizontalmente, garantizando que el esquema de explotación se mantenga.
Mecanismos de Manipulación y Venganza Moral
Las élites y la derecha radicalizada no son ingenuas; han sabido utilizar la humillación como una herramienta estratégica. Un mecanismo central es el falso moralismo, que encubre el antiguo racismo con un ropaje de crítica cultural. Se acusa a los pobres de ser «vagos» o «delincuentes», permitiendo así la expresión de un odio de clase y racial socialmente aceptable. Este mecanismo tiene un doble efecto: por un lado, compensa el sentimiento de impotencia del humillado, quien se siente superior al condenar a los más frágiles. Por otro lado, le otorga un sentido de virtud moral, aliviando su herida narcisista.
Otro elemento crucial es la feudalización de la comunicación. La concentración de los medios de comunicación en pocas manos empobrece la esfera pública y elimina la pluralidad de ideas. Este control mediático impide que las masas comprendan las causas reales de su miseria, manteniéndolas en un estado de «confusión total» y desorientación. Las redes sociales, en lugar de ofrecer un espacio de debate, se convierten en «burbujas anónimas» que amplifican los odios privados y reducen la política a una simple agresión personal.
Crítica a la Izquierda y Caminos de Resistencia
Souza también dirige una crítica contundente a los movimientos progresistas, a los que acusa de haber fallado en disputar la hegemonía cultural. Al quedarse atrapada en un discurso puramente económico y al no conectar con las heridas morales de las clases populares, la izquierda ha perdido la capacidad de construir una narrativa totalizadora. Peor aún, al considerar que el voto de los pobres por la derecha es un signo de «ignorancia», la élite académica y progresista termina por reproducir el mismo desprecio y humillación que denuncia, alienando a la propia base social que busca representar. Esta fragmentación, exacerbada por un enfoque aislado en las políticas identitarias, ha creado un «canibalismo político» entre los propios oprimidos, beneficiando directamente a los poderosos al debilitar a sus oponentes.
La obra de Souza es un llamado de atención para trascender el análisis economicista. La lucha por una sociedad justa es, en esencia, una lucha por la dignidad. La respuesta no solo pasa por la denuncia económica, sino por una reconstrucción de las instituciones sociales que protegen a las masas (sindicatos, partidos políticos) y una reforma de la esfera pública para desmantelar la feudalización de la comunicación. El desafío final para el progresismo es construir un discurso que sane la herida narcisista de los humillados y construya una identidad colectiva basada en la liberación, transformando así la rabia del «Joker» en un motor de emancipación.
Texto producido por: JoseComunicando ☆
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