Por: José Fernández ![]()
Dicen los dueños del poder que el fútbol y la política no deben cruzarse. Lo dicen para anestesiar el sentimiento popular, para descafeinar la historia y convertir la memoria en una fría letra de manual. Pero hay momentos donde el destino y la identidad de un pueblo exigen lo contrario. En la previa del histórico choque contra Inglaterra en este Mundial 2026, la orden de las usinas hegemónicas fue clara: prohibir cualquier trapo, cualquier insignia, cualquier rastro del reclamo por nuestras islas Malvinas. Intentaron imponer el silencio, pero la censura siempre ha sido el combustible de la rebeldía argentina.
El establishment global, en complicidad con un gobierno nacional vasallo que reimpulsó la desmalvinización y el olvido, pretendía que la soberanía fuera un asunto del pasado, un eco lejano desprovisto de fuerza en el hoy. Creyeron que la ola neoliberal y libertaria había logrado domesticar el alma nacional a fuerza de likes, trolls y campañas hiperdigitalizadas. ¡Qué poco conocen el barro y el corazón de este suelo!
El intento de sumisión fracasó con la contundencia de un bombazo al ángulo. Tras sellar la victoria en el césped frente a los ingleses y asegurar el pase a la gran final del mundo, los jugadores del seleccionado nacional ejecutaron un acto de soberana desobediencia. Desafiando los reglamentos fríos y las presiones oficiales, plantaron en el campo de juego la bandera prohibida: «Las Malvinas son argentinas».
La onda de choque digital fue inmediata y devastadora para el relato del olvido: las búsquedas globales de la palabra «Malvinas» se dispararon en un inédito 2.400%, quebrando todos los récords de internet desde que se tiene registro. El grito de un pueblo, canalizado por sus futbolistas, rompió la pantalla y conmovió al planeta entero.
«La política no debe apropiarse de esta fiesta», bramó enfurecido el presidente Javier Milei desde sus trincheras virtuales, tildando de «miserables» a quienes unieron la gloria deportiva con el reclamo territorial.
La furia oficial no es más que el síntoma de su propia derrota. Al algoritmo gubernamental le fallaron los números porque la memoria colectiva no se computa en una planilla de Excel. Hoy, el relato oficial busca desesperadamente infantilizar, menospreciar y banalizar una gesta de masas. No pueden digerir que, en el altar del triunfo deportivo más perfecto, los botines de nuestros héroes volvieron a marcar la cancha: las Malvinas no son una distracción del pasado, son el presente indomable de una patria que se niega a olvidar.
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