Dos importantes aprendizajes

El otoño se anunciaba con sus nubarrones, y su lluvia de sangre sobre todo lo que tocaba se mostraba peligrosamente imparable.

Corría otoño del 77, el frio apretaba, las plomizas nubes verdes se posaban sobre todo el firmamento sin pronóstico de mejorías. Abajo, sobre la superficie el aire, era el bien más preciado. Nada que flameara dignamente quedaba en pie.

No recuerdo año con tanta escasez, no recuerdo otro momento de vida con la cocina tan vacía. La mesa fría y la falta de laburo. Debo confesar que no recuerdo el hambre, pero si la falta de comida. Quizás exista una diferencia, no lo se, pero lo recuerdo así. Mi inicio escolar seria particular por varios motivos.

Ese año aprendí a defenderme. Como en todo proceso escolar el adaptarse y adaptar es jodido. Percibo que una buena cantidad de golpes que me dieron en la vida arrancaron en el Jardín de infantes, pero también aprendí a parar varios de ellos.

Un día en mi casa me preguntaron que hacia yo cuando alguien me pegaba y ante mi respuesta poco hostil, me autorizaron a no permitirlo. Días más tarde en mi cuaderno de comunicados se podía leer un pedido de reunión con mis padres para hablar sobre este nuevo aprendizaje de defenderme ante las agresiones. Se ve que aprendí a no permitir que me pasen por arriba y mis puños marcaban la cancha.

Con la mesa vacía, el frío del invierno y mi vieja embarazada de mi hermana Paula, el año se mostraba con todo su antagonismo. Mi vieja y viejo cesanteados del laburo por cuestiones políticas, llevaban consigo una marca indeleble de aquellos tiempos.

La venta de sándwich sería durante ese año el ingreso principal a la cacerola hogareña. Ese año aprendí que los sándwich de verdura no me gustarían y que el de “jamón y queso” es mas rico si esta esponjoso. Mi paladar no soportaba que el menú de todos los días y de las noches fuese ese. Pero el Jardín de Infantes es para aprender por lo que vendrá. El trueque fue la forma de dar a mi paladar los manjares escasos, pero para nada excéntricos, de aquellos días de infancia.

Mis bolsillos se llenaban de facturas, chupetines, tutucas, caramelos, y demás delicias que al día de hoy aprecio como bienes sagrados. Mis viejos me preguntaron de donde sacaba tantos caramelos y cosas dulces, y me respuesta no se demoró … “yo cambio mis sándwich, (que nadie tenia) por todas esas cosas que yo no tengo y me gustan tanto”.

Puedo afirmar que el jardín de infantes me dio dos elementales herramientas, aunque en el diploma solo diga. “Promovido a primer grado”

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