Por: José Fernández ![]()
En la búsqueda de partidos limpios y transparentes, lo que se está sacrificando es la capacidad mágica del deporte. Repasemos; 3 sensores en la pelota, 29 sobre los jugadores y cámaras que siguen el movimiento de los 22 futbolistas en la cancha; sistemas de alarma que saltan cuando el software que analiza el partido le avisa al VAR y, por auriculares, a los árbitros que ha ocurrido una jugada dudosa o que merece ser observada. Posiciones adelantadas que son marcadas de forma indetectable por el ojo humano, pero sí por las cámaras. A este ritmo, en un futuro no muy lejano, los árbitros de carne y hueso ya ni siquiera serán necesarios.
En el partido de hoy entre Croacia y Portugal, no sabemos si el que ganó fue Portugal, si el que perdió fue el fútbol o si ganó la tecnología. O, mejor dicho, no sabemos si ganó la tecnología, y quien perdió fue el fútbol.
Así las cosas, nos tenemos que preparar para ver partidos altamente tecnificados digitalizados y, como toda tecnología, con capacidad de ser interferida y hackeada (voluntaria o involuntariamente). Es ante el dios tecnología —ante el cual todos nos arrodillamos y le cedemos nuestra voluntad y nuestra capacidad de discernir— que la trampa mete la cola en el fútbol. Terminamos cediendo y olvidando que detrás de estos softwares hay personas que pueden torcer decisiones, más allá de la supuesta infalibilidad de las máquinas. Ya no sabremos si los resultados dependerán de las capacidades deportivas, atléticas y la alta técnica de los jugadores en la cancha, o de quienes administran los programas, construyendo una falsa neutralidad y justicia.
Descubre más desde Opiniones al margen
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
