Mucho más que 90 minutos: el triunfo de una identidad

Hoy Belgrano rompió el algoritmo. Hoy Belgrano rompió lo que tenía que ser. Hoy Belgrano sacó a la gente a la calle.

El resultado posiblemente era esperado, deseado o justo. Pero lo que ocurrió hoy, sin duda, es la ruptura de un orden: del libreto, de la partitura, de las apuestas, de lo predecible, de aquello que parecía que no iba a torcerse.

Hoy Belgrano rompió el algoritmo. Y sí, lo rompió en la cancha, dando un resultado inesperado en un partido épico. Lo rompió anoche, cuando miles de personas fueron a Alberdi, coparon la cancha y la llenaron de corazones celestes. Cantaron y se abrazaron.

Rompió el algoritmo del establishment. Rompió el algoritmo de aquello que pretende controlar todo, porque no fue solo deseo: fue realidad. Fue algo concreto, que se pudo oler, tocar y, por sobre todas las cosas, sentir.

Pero esa alegría no duró solamente 90 minutos. Se gestó en 90 minutos y se sintió en las calles, en las avenidas, en las plazas. En esa gente que, incansablemente, iba desde Alberdi, desde la Arturo Orgaz, hasta el Patio Olmos. Y del Patio Olmos, en ese recorrido histórico, de vuelta hacia el Gigante, buscando compartir y hacer sentir.

Porque el algoritmo no conforma ni satisface. En esta oportunidad, el algoritmo no permitía generar la válvula de escape que tanto le encanta tener y controlar.

El mundo pirata se vistió de fiesta. El mundo pirata se vistió de gloria. El mundo pirata respiró, suspiró, contuvo la respiración y pudo gritar “gol”, pudo gritar “victoria” y pudo gritar “somos campeones”.

La gente, en su recorrido, se abrazaba, compartía, se besaba, saltaba. Repetía una y mil veces los cánticos bien aprendidos en la cancha. Se acompañaron, se encontraron, se reencontraron. Armaron algo que los algoritmos no pueden hacer, algo que no dejan que ocurra.

El mundo pirata, la gente pirata, la alegría pirata contagió a Alberdi, contagió al centro, contagió a la ciudad. No encontró fronteras ni límites. Solamente, en su paso, en su vivir y en su hacer, fue encontrando aliados, más sonrisas, más alegrías. De todos aquellos que sienten la satisfacción de la justa victoria.

Hoy, como hace tiempo no se veía, las calles de Córdoba tuvieron un motivo para salir a festejar tanta alegría. Un momento donde le pusimos un paréntesis al dolor, al sufrimiento, a la ausencia, a la falta, a la escasez, a la incertidumbre de tantas cosas que vivimos los argentinos día a día.

Hoy Alberdi fue aquello que tanto nos representó: como en la Reforma Universitaria, en el barrio Clínicas y en el Cordobazo, en la gesta de resistencia. Hoy Alberdi, por momentos, fue esa gesta del Cordobazo que tanto nos enseñó.

El Gigante, dentro y fuera de la cancha, dio un gran ejemplo. Fue tejiendo este triunfo con todos aquellos que hacen del club una existencia social y deportiva, una existencia que hoy fue coronada.

Hoy otros modelos fracasaron. Y no por ello quiero hablar solamente del deporte, porque los triunfos, como todos sabemos, en los 90 minutos se pueden dar o no. La suerte puede acompañar o no.

Pero prefiero quedarme con esta idea: este equipo campeón es una forma de pensar el fútbol, una forma de pensar la sociedad, una forma de pensar cómo nos vinculamos.

Y este triunfo, sin dejar de pertenecer en absoluto a los once gladiadores en la cancha, a los once luchadores en la cancha, tiene que ver con ese pueblo pirata, con ese pueblo celeste, con esa gente que le pide al fútbol, que espera del fútbol, esta alegría, este triunfo, ese sabor a que todavía podemos, más allá de lo que nos ocurre cotidianamente.

Alberdi ganó. Belgrano ganó. El pueblo celeste ganó. Y es histórico.

Texto: José Fernández


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