Ayer hubo dos Argentinas. Por un lado, la doliente, la que caminaba para encontrarse y calmar el dolor; esa que fue reprimida en el Obelisco por expresar su duelo. La Argentina que empezó a viajar de un punto a otro para llegar a Avellaneda a despedir al poeta, al profeta de tantas generaciones; la Argentina que en Comodoro Rivadavia fue al recital a cantar, a demostrar que seguía vivo aquello que está en los corazones.
Por otro lado, estuvo la otra Argentina: la que está en Miami, la que fue a ver un partido de fútbol. Un desapasionado Argentina-Honduras donde en las tribunas no se escuchó ningún cántico, donde al inicio de la presentación de los equipos erraron la canción del Himno Nacional Argentino y pusieron una cumbia, y un seleccionado totalmente desconectado de lo que le pasa al pueblo.
Un seleccionado que podría haber tenido un gesto que expresara o buscara empatizar con el dolor del pueblo argentino —diciendo una frase, mostrando una bandera o desplegando una remera en memoria del Indio—, pero no lo hicieron. Prefirieron el look, las cámaras y la egoísta alegría de quienes hacen del lujo una vulgaridad.
Texto: José Fernández
Foto: martinslazinskas
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